Dormiste poco. Dormiste mal. Te levantás con esa niebla en la cabeza que no se va ni con el café. El cuerpo te pide algo que no le estás dando — ejercicio, aire, sol, comida de verdad — y vos seguís empujando como si no pasara nada.
Después están las cosas que no salen. Esas que planificaste, que pensaste, que hasta te imaginaste funcionando. Y no funcionan. O funcionan a medias. O funcionan para el lado equivocado. Y te quedás mirando la pantalla pensando "¿por qué esto no puede ser más simple?"
Y la gente. La gente que no actúa como esperás. No porque sean malos, sino porque cada uno tiene su propia película corriendo en la cabeza. Y a veces esas películas no se cruzan con la tuya. Y duele un poco, aunque no lo digas.
Pero acá viene lo importante.
En medio de todo eso, si te frenás un segundo — solo un segundo — hay cosas buenas. Siempre las hay. El proyecto que avanzó un paso. La idea que se encendió de la nada. Alguien que te contestó cuando no esperabas. La comida que te calentaste a las once de la noche y estaba rica igual.
Y tal vez — tal vez — los días raros existen para eso.
El contraste es lo que le da valor a las cosas
No se puede valorar el silencio sin haber conocido el ruido. No se puede sentir el alivio de un día bueno sin haber atravesado uno malo. Es como intentar explicarle a alguien lo que se siente salir al sol si nunca estuvo encerrado. No funciona. El contraste es lo que le da valor a las cosas.
Esos días donde se junta todo lo que no querés que pase — el cansancio, la frustración, las expectativas rotas — no son días perdidos. Son el fondo oscuro que hace que los otros días brillen más. Sin ellos, los días buenos serían simplemente... días. Nada especial.
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Tu cuerpo te está hablando
Los días raros son días donde el cuerpo te habla, donde la vida te recuerda que no sos una máquina. Que necesitás dormir. Que necesitás moverte. Que necesitás comer algo que no venga de un delivery. Que necesitás naturaleza, aunque sea diez minutos de cielo.
Y a veces, lo que más necesitás no es que se arregle nada. Es que alguien venga y te diga "gracias por tu ayuda". O "te quiero". O simplemente "hoy lo agradezco". Nada más. Sin contexto, sin razón, sin que se lo pidas. Esas palabras chiquitas que llegan en el momento justo y te recuerdan que no estás solo en esto. Que lo que hacés importa. Que alguien lo ve.
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Con eso alcanza
No todo tiene que salir bien todos los días. A veces alcanza con que algo — una sola cosa — haya valido la pena.
Y si hoy esa cosa fue simplemente llegar al final del día, frenar, y poder leer esto, bueno, con eso alcanza.
Mañana arrancamos de nuevo. Y probablemente lo disfrutemos más por lo de hoy.
La victoria se forja cada día.